Es característico de la sociedad occidental, pregonar en el inconsciente colectivo, dejos de vida, pero una vida superflua, llena de aquí y ahora, sin previsiones a futuro, cargada de un desprecio a la senilidad, promoviendo una “supuesta juventud” o “inmortalidad”, generando actitudes de rechazo, de no aceptación y hasta de prescindir de la muerte.
Ciertamente, hablar de la muerte, es primeramente el mayor misterio de la vida misma, ya que quien está vivo, en algún momento y lugar puede morir. Luego, la vida conlleva consigo, consustancialmente a la muerte. Es decir, es parte de la vida misma. Por tanto, nos preparamos a lo largo de la vida para vivir, sin embargo se deja de lado la preparación para la muerte.
Discurrir sobre la muerte, genera temor, miedo y angustia. Se presenta como infranqueable, no obstante, es esta misma angustia la que posibilita las distintas respuestas en torno a la muerte que ha dado el hombre a través de la historia.
Apoyémonos en Martín Heidegger, filósofo alemán contemporáneo, quien en su obra “Ser y Tiempo”, afirma que somos “seres-para-la-muerte”. A esta conclusión llega, luego de realizar, apoyado en la fenomenología y la hermenéutica, un análisis existenciario del Dasein (término que acuña, para designar al ente que se pregunta por el sentido del ser, el hombre, el “ser ahí”). La esencia del Dasein, es la existencia, lo que permite afirmarse como ser-en-el-mundo, y quien debe proyectarse en su existencia, como arrojado (sin haberlo pedido), le falta algo, es decir, debe ser dentro de sus posibilidades de ser, Pero tiene que afrontar que la posibilidad última de su ser es la muerte, sólo de esta forma podrá vivir una existencia auténtica (Heidegger, M. “Ser y Tiempo”,1927).
De esto se deduce que, el Dasein, mitiga el temor que le imprime La Muerte, en tanto vive auténticamente, teniéndola presente, como venidera, como la posibilidad última de su existencia, sin dejar de proyectarse como ser-en el-mundo, configurándose como ser-para-la-muerte. Reconoce su finitud, pero sin dejar de ser en su proyecto de vida. De esta forma la angustia, que genera el temor hacia la muerte, le impulsa a verse como totalidad con su muerte; la muerte totaliza al ser; es un fenómeno de la vida misma.
Una vez nacidos, nos conducimos ineludiblemente hacia la muerte: De esto se trata, asumirla como venidera. Se trata de contraponer, la actitud en la cual nos inserta nuestra sociedad actual, ocultando la muerte. Se trata pues, de vivir conforme a algo que valga la pena vivir, dejando de lado la superficialidad, la banalidad, construyendo su propia existencia de forma auténtica. De esta forma la angustia frente a la muerte, se traduce como el hálito que impulsa la realización personal, en medio de las posibilidades, dando así el sentido de la existencia. Realizándose plenamente.
Por otra parte, en el trascurso de la vida, suceden varias muertes, implícitas o tácitas, y a veces superadas sin darnos cuenta, en cada una de ellas, o mejor dicho al superarlas, se afronta un proceso que genera angustia, pero que a la vez nos proyecta a seguir adelante con la vida: es lo que se denomina por algunos expertos como DUELO. El cual posee ciertas etapas por las que, se podría generalizar, se vive y se logra la superación de las distintas situaciones adversas o de dolor que atraviesa el ser humano mientras vive, o cuando se ha sufrido la pérdida de un ser querido.
De esto se desprende que, como todo proceso, el duelo, el cual genera gran angustia, es propicio para que sobrevivientes y quienes han sufrido pérdida de cualquier índole se sobre pongan, se reedifiquen a sí mismos y continúen viviendo su vida. Pero, para lograr esto, se hace necesario informar, educar y promover actividades en pro del conocimiento de este tipo de acciones, de tal forma de estar preparados: “la realidad afirma que no se nos prepara para asumir y vivir el duelo, muchos menos para afrontar la muerte”.
Desde el punto de vista filosófico, el término angustia, procede desde antaño, no obstante, por ejemplo en la edad media, es utilizado por San Agustín, quien manifiesta en sus cartas y reflexiones, que es una actitud de quien busca persigue a Dios, quien es, en definitiva quien da reposo y plenitud a la vida humana; por otra parte, el pecado nos hace no merecedores de las promesas divinas, de ahí que esta angustia genere necesario cambio de la existencia humana, en torno al bien. Pero esta concepción religiosa, se va perdiendo. Con la innovación del “Pienso, luego existo” de Descartes, no sólo se tiene una nueva visión del hombre, de las cosas y del mundo, sino que origina una serie de reflexiones que han forjado el consciente y el subconsciente de nuestra sociedad actual: la libertad humana, la autonomía personal.
En este orden de ideas, se puede citar a Sören Kierkegaard, quien en la modernidad, afirma como San Agustín, que la angustia es una disposición libre, luego es opción, la cual genera un cambio en el ser humano que busca a Dios, su fuente, su vida, su esperanza. Ideas plasmadas en su “El concepto de La Angustia” y otros de sus escritos. Sin embargo, la postura del escritor Danés, influye sobre otros grandes pensadores, quienes le confrontan y realizan postulados más radicales en pro de la autonomía y libertad humanas; afirma de forma antagónica que la salvación esta en Dios, a quien se persigue para librase o superar la angustia que genera la muerte causada por el pecado, sin embargo, por otra parte, coarta la acción inmediata del yo, quien se proyecta en el forjamiento de sus propias acciones, buenas y menos edificantes (Diccionario de Filósofos, Rioduero, Madrid, 1986, p.745 y ss.).
Otra postura, es presentada a continuación, y es la que realiza el filósofo alemán, Friederich Nietzsche, quien afirma en gran parte de sus escritos la supremacía del yo, sobre todas las cosas, contraponiéndose a toda ley humana o divina que coarte o dirija su conducta. El hombre es pura libertad, libre albedrío, por lo cual se forja a sí mismo, no está apegado a una religión determinada, se erige ante las adversidades y muestra su propia moral, se interpone ante la sociedad como el “superhombre”. En fin este autor pregona la supremacía de La Vida misma, pero la vida humana. Del mismo modo, afirma que es necesario volver a loa antiguo, y sobre todo a lo apolíneo-dionisíaco, ya que es en el caos de donde se erige la vida misma; propugna de esta forma la idea de que el superhombre se proyecta sobre el caos y busca el orden, lo impone a toda costa (Ibíd., p. 950 ss.). Claro que estas ideas pueden ser mal interpretadas, tal es el caso de quien es conocido por todos, Adolfo Hitler, quien compiló las ideas del superhombre y las distribuyó para dar ánimo y valor a sus adeptos.
En este discurso Nietzscheano, la voluntad de poder, es el pilar fundamental de toda su filosofía, ya que ésta, es la que imprime la fuerza, el valor, la vitalidad de sobre ponerse, a la angustia, al caos, al error, a la vida, a la muerte!!!
Completaremos la tríada de autores en torno a la angustia, citando finalmente a Martin Heidegger, para quien la angustia, traduce, una disposición fundamental por medio de la cual se es en las posibilidades de ser, sabiéndose finito, mortal, sometido a la temporeidad. Lo que permite que el ser del hombre o Dasein, se enfrente a la nada de su ser en el mundo. La existencia humana, se abre desde la nada a la experiencia que llamamos vida y culmina con la muerte, la cual nos enfrenta nuevamente a la nada. Luego nos remite hacia la reflexión por el sentido del ser del hombre. Este hombre que en definitiva es un ser-para-la-muerte, y quien se angustia ante ella: “se pone delante de ella en la finitud de su poder-no-ser” (Ibíd. p. 587). Se constituye pues en libertad para la muerte. De esta forma la angustia surge del adelantarse a lo que aún no sucede, prevenir la muerte, en medio de todas las posibilidades, esto es una existencia auténtica.
Nos enfrentamos desde el nacimiento inexorablemente a la realidad que nos coarta toda posibilidad: de existir, nos niega el estar, el pensar, el sentir, el ser. Y tal es que se puede afirmar: “Nadie puede tomarle a otro su morir (…) El morir es algo que cada “ser ahí” tiene que tomar en su caso sobre sí mismo. La muerte es, en la medida en que “es”, esencialmente en cada caso la mía” (Heidegger, M. “Ser y Tiempo”, 1927, p. 262). De ello que se puede afirmar que se posee dos experiencias en las que el ser humano está completamente sólo: la vida y la muerte.
Aunque experiencias únicas e irrepetibles en la vida, tal como, a través de la Educación aprendemos a vivir, también por medio de ella podemos aprender, no ha morir, sino ha asumir la finitud de la vida como parte connatural del proceso que llamamos vida. No se concibe la vida sin ésta, y no se puede afirmar que hay muerte sin antes haber vivido. Por otra parte, se hace necesario que la Educación para La Muerte, afirme, conforme y reafirme los valores esenciales para una Vida Plena.
Una de las cosas que se deben enseñar, es la que refiere a que en la vida hay pérdidas, de cualquier tipo, las que afectan al ser humano de distintas formas y en grados tan bien diversos. Sin embargo, se puede ayudar a generar actitudes en pro de construir, deconstruir y reconstruir la existencia, asumiendo y viviendo, superando el dolor. Todo ello con la finalidad de adaptarse a los cambios y restablecer el orden que se subvierte.
Ciertamente la angustia generada por la pérdida es una vivencia personal, cada quien la vive a su manera, no existen recetas, sin embargo la preparación en torno a ésta se hace necesaria para afrontarla y sobreponerse lo más pronto posible y así reordenar la existencia, permitiendo la reincorporación efectiva en las labores y quehaceres diarios de forma efectiva. De esta forma se estará preparado para asumir cualquier reto que se presente en la vida. Otro aspecto importante, es tomar en cuenta a familiares y allegados e tal forma que en conjunto se pueda asumir la pérdida de cualquier índole, vivir el angustioso duelo y seguir viviendo la vida, la clave del éxito es la cooperación
| | “Nuestro encuentro con el otro, con el sufrimiento y el dolor humano se puede concebir como una lucha en pos de creencias que abran posibilidades, o en contra de creencias que restrinjan una implicación constructiva en la vida, tal como promulgan las visiones tradicionalistas. Concretamos que el ser humano construye significados mediante logros interpretativos y lingüísticos y que, mediante el lenguaje articulado a través de las conversaciones, avanza en la relación construyendo posiciones subjetivas que, expresadas a modo de voces en la dimensión temporal, constituyen narrativas propias e identitarias. Ello hace que las narrativas pasen a ser no sólo el producto en la construcción del individuo sino a la vez el proceso, y de ahí la importancia de las mismas” (Revista Tánatos, Número 4, Sociedad Española e Internacional de Tanatología, 2004, p.5). | |
De esta manera queda claro que en medio de la angustia generada tras la pérdida se hace necesario la comunicación, la cual servirá primero de catarsis, luego como agente que genere conciencia y motive el cambio, en una aceptación oportuna de lo que llamamos duelo, Elaborando cada quien desde su perspectiva individual un reconstrucción de la vida misma, asumiendo la nueva realidad.
De todo lo anteriormente dicho, se desprende que, no se debe sentir terror o miedo por la muerte, pues aunque no queramos algú día estaremos en sus brazos, compartiendo plácidamente en su sueño. Y por otra parte, hay que tener presente esa esperanza que cada uno le imprime a este extremo del proceso de la vida, según sus creencias y convicciones personales. En fin la vida está estructurada, tal y cómo nos la formamos. Luego de cada uno de nosotros, y con la ayuda de los demás, se podrá vivir la angustia frente a la pérdida, vivir el dolor por la muerte del otro, y prepararnos para nuestra propia muerte.
De modo que esta ansiedad ante la muerte, constituye, refleja la vida misma; la vida está llena de angustia, conflictos, desavenencias, dolor, retos, situaciones adversas, dolor, así como de instantes de alegría, felicidad y placer, en fin de vida y de muerte.
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